El libro "la biblia en España" escrito por el inglés George Borrow (Jorgito el inglés) - describe una "escalofriante" descripción de EL Ferrol antiguo. Del mismo trascribimos lo que sigue:

 

ORGE BORROW Y FERROL

El libro "la Biblia en España" escrito por el inglés George Borrow (traducido al español por D. Manuel Azaña), describe una "escalofriante" descripción del Ferrol antiguo. De dicho texto trascribimos lo  que sigue:

 

"..Crucé la bahía para ir de la Coruña a El Ferrol...me mareé mucho en la travesía y tuve que ir echado, casi sin sentido, en el fonde la pequeña lanch

"..Crucé la bahía para ir de la Coruña a El Ferrol...me mareé mucho en la travesía y tuve que ir echado, casi sin sentido, en el fonde la pequeña lancha en que me embarqué, abarrotada de gente. EL viento era contrario y la marejada muy fuerte. No pudimos izar la vela; cinco o seis marinerotes nos llevaron a remo y en todo el tiempo no cesaron de cantar canciones gallegas. De pronto el mar pareció serenarse y el mareo se me pasó de golpe. Me puse de pie ymiré en torno. Estábamos en uno de los parajes más raros que pueden imaginarse;era un largo y angosto pasadizo, dominado en ambas márgenes por una estupenda barrera de rocas negras y amenazadoras. Esa hendidura natural de la línea de la costa es tan regular y tan recta , que no parece obra del azar sino hecha a propósito. Las aguas sombrías y quietas son de inmensa profundidad. El paso tendrá una milla de largo y es la entrada de un ancho fondeadero, en cuyo extremo opuesto se alza la ciudad de El Ferrol.

     Apenas  entré en esta ciudad se apoderó de mi alma la tristeza. La hierba crecía en las calles ; por todas partes me daban en cara las huellas de la miseria. EL Ferrol es el gran arsenal marírtimo de España, y participa en la ruina de la en otro tiempo espléndida marina española. Ya no pululan en él aquellos militares de carpinteros de ribera que construían largas fragatas y los tremendos navíos de tres puentes, destruidos casi todos en Trafalgar. Tan solo unos pocos obreros mal pagados y medio hambriendos desperdician allí las horas, y apenas sirven para reparar tal cual guardacostas desmantelado po los tiros de alguna goleta inglesa contrabandista de Gibraltar. La mitad de los habitantes de Ferrol pide limosna ; y dícese que no es raro encontrar entre ellos oficiales de marina retirados, muchos de ellos inválidos, a quienes se deja perecer en la indigencia, ya que por la penuria de los tiempos, cobran sus sueldos y pensiones con tres o cuatro años de retraso. Una turba de pordioseros importunos me siguió hasta la posada y aún intentó penetrar en mi habitación.

-¿Quién es usted? - pregunté a una mujer postrada a mis plantas, que conservaba en el rostro huellas evidentes de un pasado mejor.

- Soy la viuda- me respondió en muy buen francés- de un valeroso oficial que fue en otros tiempos almirante de este puerto.

En ninguna parte se manifiestan la miseria y la decadencia de la moderna España con tanta fuerza como en El Ferrol.

   Con todo, hay aquí mucho que admirar. A pesar de su desolación actual, hay en El Ferrol algunas calles buenas y no pocas casas muy hermosas. La alameda es una plantación de un millar de olmos proximamente casi todos magníficos; los  pobres ferrolanos, con el genuino espíritu localistatan dominante en España, se jactan de que su ciudad posee un paseo público mejor que el de Madrid, y al compararle con el Prado hablan de éste con no disimulado desprecio. En un extremo de la alameda se levanta la única iglesia que hay en EL Ferrol; la visité al día siguiente de mi llegada, que fue domingo. Los fieles aldeanos casi todos, no cabían en ella, y con la cabeza descubierta permanecían de hinojos delante de la puerta ocupando buen trecho del paseo.

   Paralelo a la alameda corre el muro del arsenal y del astillero. Varias horas gasté en la visita de esos lugares provisto del indispensable permiso escrito del capitán general de El Ferrol; al visitarlos quedé lleno de admiración. Yo he visto los reales astilleros de Rusia y de Inglaterra; pero en cuanto a la grandeza del plan y a la suntuosidad de la ejecución, no pueden ni por un momento compararse con estos maravillosos monumentos del extinto esplendor naval español. No me propongo descrbirlos; baste decir que el fondeadero ova, rodeado de un muelle de granito, tiene capacidad bastante para cien navíos de primer orden; pero en lugar de tal fuerza sólo había allí una fragata de sesenta cañones y dos bergantines; a tan insignificante número de barcos se halla reducida actualmente la marina de Espña..."a en que me embarqué, abarrotada de gente. EL viento era contrario y la marejada muy fuerte. No pudimos izar la vela; cinco o seis marinerotes nos llevaron a remo y en todo el tiempo no cesaron de cantar canciones gallegas. De pronto el mar pareció serenarse y el mareo se me pasó de golpe. Me puse de pie ymiré en torno. Estábamos en uno de los parajes más raros que pueden imaginarse;era un largo y angosto pasadizo, dominado en ambas márgenes por una estupenda barrera de rocas negras y amenazadoras. Esa hendidura natural de la línea de la costa es tan regular y tan recta , que no parece obra del azar sino hecha a propósito. Las aguas sombrías y quietas son de inmensa profundidad. El paso tendrá una milla de largo y es la entrada de un ancho fondeadero, en cuyo extremo opuesto se alza la ciudad de El Ferrol.

 

     Apenas  entré en esta ciudad se apoderó de mi alma la tristeza. La hierba crecía en las calles ; por todas partes me daban en cara las huellas de la miseria. EL Ferrol es el gran arsenal marírtimo de España, y participa en la ruina de la en otro tiempo espléndida marina española. Ya no pululan en él aquellos militares de carpinteros de ribera que construían largas fragatas y los tremendos navíos de tres puentes, destruidos casi todos en Trafalgar. Tan solo unos pocos obreros mal pagados y medio hambriendos desperdician allí las horas, y apenas sirven para reparar tal cual guardacostas desmantelado po los tiros de alguna goleta inglesa contrabandista de Gibraltar. La mitad de los habitantes de Ferrol pide limosna ; y dícese que no es raro encontrar entre ellos oficiales de marina retirados, muchos de ellos inválidos, a quienes se deja perecer en la indigencia, ya que por la penuria de los tiempos, cobran sus sueldos y pensiones con tres o cuatro años de retraso. Una turba de pordioseros importunos me siguió hasta la posada y aún intentó penetrar en mi habitación.

-¿Quién es usted? - pregunté a una mujer postrada a mis plantas, que conservaba en el rostro huellas evidentes de un pasado mejor.

- Soy la viuda- me respondió en muy buen francés- de un valeroso oficial que fue en otros tiempos almirante de este puerto.

En ninguna parte se manifiestan la miseria y la decadencia de la moderna España con tanta fuerza como en El Ferrol.

   Con todo, hay aquí mucho que admirar. A pesar de su desolación actual, hay en El Ferrol algunas calles buenas y no pocas casas muy hermosas. La alameda es una plantación de un millar de olmos proximamente casi todos magníficos; los  pobres ferrolanos, con el genuino espíritu localistatan dominante en España, se jactan de que su ciudad posee un paseo público mejor que el de Madrid, y al compararle con el Prado hablan de éste con no disimulado desprecio. En un extremo de la alameda se levanta la única iglesia que hay en EL Ferrol; la visité al día siguiente de mi llegada, que fue domingo. Los fieles aldeanos casi todos, no cabían en ella, y con la cabeza descubierta permanecían de hinojos delante de la puerta ocupando buen trecho del paseo.

   Paralelo a la alameda corre el muro del arsenal y del astillero. Varias horas gasté en la visita de esos lugares provisto del indispensable permiso escrito del capitán general de El Ferrol; al visitarlos quedé lleno de admiración. Yo he visto los reales astilleros de Rusia y de Inglaterra; pero en cuanto a la grandeza del plan y a la suntuosidad de la ejecución, no pueden ni por un momento compararse con estos maravillosos monumentos del extinto esplendor naval español. No me propongo descrbirlos; baste decir que el fondeadero ova, rodeado de un muelle de granito, tiene capacidad bastante para cien navíos de primer orden; pero en lugar de tal fuerza sólo había allí una fragata de sesenta cañones y dos bergantines; a tan insignificante número de barcos se halla reducida actualmente la marina de Espña..."